Yo le aseguro y les digo la verdad, no están ustedes equivocados en el camino que han trazado para llegar al reino celestial, del que disfrutamos Clarita y yo al lado de mi Padre Jesús y al lado de mi Madre María. La misión que están ustedes cumpliendo, es siguiendo la misma misión que llevamos Clarita y yo en ese plano terrenal. Ustedes son nuestros hijos, nuestros herederos; están siguiendo también el mismo camino trazado por mi Padre Jesús, el que me encomendó mi Padre Jesús, de llevar muchas almas al verdadero camino, para que consigan la salvación y hasta su santificación.
Clarita y yo trabajamos mucho, pasamos hambre y necesidad, Clarita y yo fuimos despreciados y burlados, pasamos todas las cosas que puede pasar un ser humano en la Tierra; pero nosotros nunca nos acobardamos, nunca hicimos caso al mundo ni al qué dirán, para abandonar nuestra misión. Nosotros seguimos cada día adelante siguiendo las enseñanzas de Jesucristo: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Por eso Clarita y yo sufrimos, lloramos mucho, casi a punto de llorar lágrimas de sangre, pero todo lo hicimos por amor a Dios, por amor a nuestro amadísimo Jesús, por amor a nuestra amadísima María. Nosotros seguimos adelante, sin importarnos nada ni nadie, evangelizando, llevando la Palabra de Dios, repartiendo comida y alimentos a los más pobres; llevándole primero el alimento espiritual que necesitaban y luego el alimento material para el sustento de ellos. Clarita y yo teníamos que pedir, los discípulos, nuestros seguidores también tenían que pedir; pedían para alimentarnos y pedían también para la alimentación de los demás. Pero la alimentación nuestra no era costosa, porque la primera alimentación era la oración, la limpieza de espíritu y la entrega a los pobres, los humildes, a los más necesitados. Recuerden lo que dijo nuestro Padre Jesús: "Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos será el reino de los cielos". Cuando Jesús se expresaba así, se refería a aquellas personas que pasan hambre, que pasan necesidad, pero que tienen un espíritu sano, un espíritu limpio; son pobres ante los ojos del mundo, pero ante Dios son ricos y lo seguirán siendo, porque cuando vienen al reino celestial todo es riqueza; el hambre, la necesidad que pasaron en el plano terrenal, todo le es multiplicado grandemente y vienen a disfrutar en el reino, de todas las maravillas que no pudieron disfrutar en la Tierra.
Clarita y yo, en nuestra misión, quisimos vivir de la obra de caridad, aunque pudiendo vivir con toda las riquezas, tenerlo todo, pero nosotros no solo queríamos salvarnos, sino llevar la salvación, la limpieza de espíritu y el arrepentimiento, instruyendo a las demás personas cada día y hablándole del desprendimiento de las cosas del mundo. Nos desprendemos por una parte y por otra parte nos llega la abundancia, la paz y la tranquilidad. Al tener nosotros la paz, la tranquilidad y el desprendimiento; sin decirles que boten todo, que tiren todo, como tuve yo qué hacer con mi padre, porque vi que estaba entregado en cuerpo y alma únicamente a las cosas del mundo. Le digo públicamente, lo hice para conseguir llevarlo al camino y yo también sentirme bien y desprendido. Tuve que agarrar parte de sus riquezas y tirarla, tirarla al mundo para que disfruten y para que también los pobres se dieran cuenta lo que es vestir y lo que es comer, porque ellos lo necesitaban. Clarita y yo tuvimos toda la riqueza del mundo, lo tuvimos todo, pero Clarita, todo lo de ella, lo entregó a la humanidad; porque la vida en el plano que ustedes habitan es pasajera, es como unas vacaciones. El reino celestial es el verdadero Paraíso, la vida eterna, la vida que nunca termina. Clarita y yo, al tener la inteligencia y la sabiduría, dada por nuestro Señor, para entender la vida espiritual y así entender las cosas del mundo; decidimos de los dos caminos, el camino mundano y el camino claro que nos conduce al reino celestial. Abandonamos ese camino oscuro, el camino de la vanidad, el camino de la intranquilidad y elegimos el camino claro, seguro y verdadero; el camino de la oración y el camino del desprendimiento. Yo colaboré con mi padre como les dije, pero no lo hice por soberbia, no lo hice por ser un mal hijo; lo hice para enseñar a mi padre a colaborar con los demás. Así como agarré todo y lo tiré por la ventana de su hogar, llamando a los pobres, ¡Vengan, vengan! y yo disfrutaba, mi alma se sentía llena de gozo en ver como los necesitados llevaban lo que yo estaba tirando. En ese momento mi padre no me agradeció nada de esto, pero luego yo sabía me lo iba agradecer grandemente, porque lo que hice no fue para que él perdiera, sino para ayudarlo a que adquiriera su limpieza de espíritu y su desprendimiento; así adquiriera un lugar en el Cielo.
Yo boté muchas lágrimas, yo lloré mucho, pero no lloraba por mí, lloraba en ver las injusticias de los humanos que creían que las cosas del mundo eran eternas, sin recordar, que los días, los minutos y segundos de la Tierra están contados. Yo entendí este maravilloso camino y por eso traté de apartarme del mundo y seguir cada día trabajando para el reino celestial, nunca me arrepiento y nunca Santa Clarita se arrepentirá de todo lo que hizo. Santa Clarita, su madre terrenal y sus hermanas, dieron todo a los pobres; no querían nada, solo su salvación y la del mundo, su paz y tranquilidad. Pero yo hijos míos, a ustedes no les estoy diciendo que tiren todas las riquezas por la ventana como tuve yo qué hacer con mi padre, porque no fue toda la riqueza que yo tiré, sino un poco de lo que le estaba sobrando, porque tenía más de lo que él debía tener. Yo no le digo hijos míos, que tiren todo lo que tienen, que regalen todo, ¡No hijos míos, no es eso! lo que le estoy diciendo es que siempre sobra; nos damos cuenta, que siempre tenemos en los hogares cosas que realmente nos están sobrando y que muchas personas la están necesitando. Eso es lo que le pedimos hacer, obra de caridad. No dejen que un hermano suyo pase hambre pudiendo ustedes socorrerlos, no dejen que un hermano ande descalzo o roto, no dejen que un hermano suyo no tenga un vestuario que ponerse, teniendo ustedes que les está sobrando, porque no lo necesitan ni lo necesitarán para nada; porque hoy le llega uno y mañana cuando ustedes hacen la obra de caridad, no solo recibirán uno, sino que le será multiplicado grandemente. Jesús dijo: " El que nada da, nada recibe”. Recuerden que mientras más nosotros damos, más iremos recibiendo.
Le digo a todos, no se apeguen tanto a las cosas del mundo, pueden tenerlas, porque mi Padre Jesús les da la ayuda, les da las riquezas a todos, para que disfruten de una vida alegre, una vida llena de abundancia en la Tierra; pero lo que Él no quiere es, que se esclavicen en las cosas materiales, que no le van a llevar a nada. Recuerden hijos míos, deben estar preparados para cuando nuestro Padre Jesús les diga: ¡Vengan, que ya se le ha terminado el momento de estar en la Tierra! Recuerden y mediten siempre, que todo se queda en la Tierra y únicamente se va el espíritu, que viene al reino celestial, a rendir cuenta de lo que ha hecho y como ha administrado los bienes que le ha dejado mi Padre Jesús en la Tierra. La carne es material y es como una ropa que usted se la ha quitado y la deja en el mundo; así es la carne que llevan ustedes los humanos. Nosotros ya no estamos en carne, nosotros estamos en espíritu; carne para nosotros no existe. La carne es de la Tierra y en la tierra se quedará, así como lo dijo Jesús: “Polvo eres y polvo te convertirás".
Yo le traté este tema esta noche, pero no lo hago para entristecerlos, ni mucho menos para que algunos digan: ¡”Ahora quiere San Francisco que yo regale todo lo que tengo, Santa Clara quiere que yo de todo”! ¿”Pero cómo hago, cómo queda mi familia, cómo quedo si doy todo lo que tengo”? ¡No, no es eso! Entiendan bien mis palabras y entiendan bien lo que quiero decirles; lo que le estoy diciendo es por el bien de ustedes y por el bien de su familia. Porque así como estamos Santa Clara y yo, disfrutando de este maravilloso reino, así quiero que ustedes vengan a disfrutar; les doy la claridad para que entiendan. No crean que le digo hijos míos, que hagan lo que yo hice con mi padre, no le estoy pidiendo eso, espero que todos sepan interpretar lo que le he dicho y no vaya ninguno a pensar hijos míos, que Santa Clara y San Francisco nos exigen demasiado en la Misión; no vayan jamás a pensar eso, porque nosotros a todas las personas que elegimos para pertenecer a este maravilloso Templo Clarita, para ser nuestros mensajeros, que quiere decir nuestros seguidores y nuestros hijos. Nosotros les estamos guiando, lo que queremos es su salvación y que vengan a disfrutar junto con nosotros en el reino celestial, por eso le estamos dando la debida claridad necesaria, para que entiendan los misterios divinos; muchos quisieran entender estos misterios pero no tienen la claridad necesaria. Esa hija nuestra, la hemos enviado a la Tierra, a llevar la claridad, la “verdad, verdad” de nuestros Evangelios y la “verdad, verdad” de cómo conseguir su salvación y llegar hasta el reino celestial.
Todo lo que nosotros hacemos es únicamente en bien para ustedes, queremos salvarlos a todos y llevar a toda su familia a su arrepentimiento. Abandonen el pecado, vivan en paz y tranquilidad, abandonen todo tipo de nube oscura que les llegue, abandonen todo lo negativo, busquen la riqueza más grande que es la riqueza del reino celestial; esa es la riqueza más grande, la riqueza eterna, la riqueza que nunca termina. En el reino celestial nosotros disfrutamos de todo en abundancia, nosotros desde ese plano terrenal, enviamos todos los recursos para que nuestro Padre nos construyera nuestra maravillosa mansión. Ustedes, todos en la Tierra, son los que envían a través de sus oraciones, a través de las buenas obras de caridad, ustedes son los que envían y eligen el lugar donde quieren vivir, donde quieren ustedes estar; son ustedes mismos, no somos nosotros ni el Altísimo. Él no le dice, tú estarás aquí o tú estarás allá. Cada uno al venir a este reino, ya tiene construido el lugar donde deberá estar; es por eso que nosotros le damos toda la claridad necesaria, para que construyan en este reino junto con nosotros, su maravillosa mansión, su maravilloso techo que nunca jamás se derrumbará.
Santa Clarita siempre a mi lado, así como estuvo en la Tierra. Ella me guiaba, yo la guiaba a ella; pero la guía principal y la guía directa fue mi amadísimo Jesús y mi amadísima María; Ellos siempre nos guiaron, y así hemos puesto, nosotros en su camino, a esta hija y consentida nuestra, que es un canal directo de comunicación para el reino celestial. La hemos puesto con ustedes, para que tengan toda la claridad de los acontecimientos que han de venir, de todas las cosas que puedan ocurrir, de las presentes y las futuras, que muchos no están autorizados a saberla. Así como yo estuve en la Tierra llorando sin cesar por la humanidad, así mismo que lloraba mi amada Clarita.
El tiempo se ha terminado, lo único que puedo decirles para despedirme: Amen a su naturaleza, amen a su hermano sol, amen a su hermana luna, amen siempre a todos los animales y las aves, porque todo es Creación Divina; así también ámense todos unos a otros, como mi Padre os ha amado. Bendiciones, grandes bendiciones, reciban la paz de mi Señor, la paz de mi amadísima Madre María, la paz de Santa Clara, la paz que yo les doy. Los bendigo y les digo, como dijo mi amadísimo Jesús: "Mi paz os dejo, mi paz os doy". Benditos sean hijos míos en el Nombre de mi Señor.
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